La historia de Pedro Rodríguez siempre estuvo ligada a la de Balenciaga, aunque la sombra del de Guetaria fue alargada y su maestría fagocitó a los profesionales coetáneos que, como las meigas, haberlos haylos.

Y aquí es donde entra en escena Pedro Rodríguez. Valenciano de nacimiento y con unos inicios como aprendiz de sastre, pronto se trasladaría con su mujer a Barcelona donde juntos abrieron La casa de costura Pedro Rodríguez. Su éxito coincidió con la Exposición Internacional de Barcelona del 29, pero tras el estallido de la Guerra Civil, dejó de vestir a aristócratas catalanas para vivir un exilio en París y Londres.

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Ya de vuelta en España, Pedro Rodríguez fue el creador (y presidente durante más de 30 años) de la Cooperativa de Alta Costura en España, y el primero que abre sus salones siguiendo las directrices de París: mostrar dos colecciones al año realizadas en talleres propios y presentadas sobre maniquíes vivientes.

Defendió la vertiente artesanal de la moda, incluso en tiempos flacos de la Alta Costura y cuando muchos de sus compañeros se pasaban al prêt-à-porter.

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A la conquista de Estados Unidos

En septiembre de 1953 España firmó el primer convenio con Estados Unidos para promocionar el turismo, coyuntura que Pedro Rodríguez aprovechará para iniciar una fructífera etapa de internacionalización de la moda y tomando como primer objetivo el continente americano. Y lo consiguió: con la misma calidad que la francesa, la Alta Costura española se consideraba más apta a la mujer americana y mucho más barata.

Para logar este éxito, Pedro Rodríguez se apoyó en tres figuras fundamentales: Aline Griffith, que actuó como musa y embajadora, las crónicas de la influyente periodista Elsa Maxwell y la colaboración con Hollywood, a través de la cual diseñó el vestuario para superproducciones y vistió a Ava Gardner, Elisabeth Taylor, Audrey Hepburn, Sofía Loren, Bette Davis o Rita Hayworth. Todas cayeron rendidas a sus bordados de pedrería, sus trajes joya y su maestría con los drapeados. 

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Aline Griffith llevando

Es hora de renovarse

La internacionalización de la casa Pedro Rodríguez durante los años 1960 no sólo se centró en Estados Unidos (ya en esta década eran varias las casas españolas que cruzaban el charco auspiciados por el MInisterio de Información y Turismo de Fraga, quien quería mejorar la imagen del país en el exterior), sino que también apuntó a destinos europeos y al continente asiático, tomando como destinos principales Filipinas, China y Japón.

Otras casas de Alta Costura como Pertegaz o Elio Berhanyer, más jóvenes que Rodríguez, supieron que el fin de la Alta Costura había llegado con la irrupción del pret-á-porter y sobrevivieron también gracias a la diversificación del negocio: perfumes, accesorios… Pero Rodríguez no lo hizo. Sí que es cierto que en los años 60 se adapta a los nuevos tiempos y aprovecha la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral pero sin perder su esencia. Fue el momento en el que Pedro Rodríguez incorpora la confección de trajes de chaqueta y abrigos femeninos de manera impecable gracias a su formación como sastre.

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Pedro Rodríguez huyó siempre de las estridencias y en los 60 lanzó un manifiesto contra las modas británicas a las que tachó de “infantilistas” y que enseñar la rodilla no era elegante.

Sin embargo todos estos esfuerzos no fueron suficientes. En el 68 Balenciaga cierra su casa de Alta Costura en París y diez años después Pedro Rodríguez hizo lo propio con Madrid y Barcelona, cerrando también una manera de entender el oficio. Intentó seguir lo que él llamaba «moda juvenil» e incluso llegó a presentar una colección ad lib en Ibiza en el 73, pero la suerte ya estaba echada.

En 1986 donó 78 de sus prendas al Museo del Diseño, institución que en 1989, poco antes de su muerte, le dedicó una sala. Este mismo museo también cuenta gracias a Carmen Ensesa, hija de María Brillas, una de sus clientas más fieles, la obra más representativa del modista. Como curiosidad, el MET de Nueva York también posee obra de Pedro Rodríguez.